En nuestra cultura actual, se nos dice que la identidad es algo que nosotros elegimos. Tenemos el derecho de identificarnos como mejor nos parezca y según lo que sentimos. Sin embargo, la realidad no podría estar más lejos de la verdad. No somos soberanos sobre nuestra identidad. Cuando negamos esta realidad, los problemas que rodean la identidad se convierten en un problema de idolatría. ¿Por qué? Porque la identidad no es algo que elegimos en un vacío. La identidad se centra en la persona de Jesucristo. En medio del sufrimiento, podemos ser propensos a cuestionar quiénes somos, nuestra identidad. Debemos revisar y recordarnos a nosotros mismos dónde encontramos nuestra identidad. Nuestra identidad está centrada en la piedra angular que es Jesucristo (Isaías 28:16). Aquel que fue rechazado por los hombres pero escogido por Dios es el que es la piedra viva. Esta piedra viva específica está edificando una casa espiritual compuesta por otras piedras vivas mientras descansan sobre la piedra angular. En otras palabras, nosotros, que ponemos nuestra confianza en Cristo, encontramos nuestra identidad en Cristo. Solo podemos “ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (2:5). A través de Jesucristo podemos ver nuestra identidad como piedras vivas.

Pero, ¿qué pasa con aquellos que rechazan a Cristo? Ellos desobedecen la palabra. Así, su identidad impacta su misión. Su misión revela su identidad y apunta a su destino. Y todo tiene que ver con cómo uno responde a Cristo. Él es la piedra angular. Él es quien nos da nuestra identidad, y Él es quien nos llama a la misión. Nuestra identidad transforma nuestras relaciones y moldea nuestra misión. Convertirse en cristiano cambia nuestra relación con Dios y con el mundo. Nuestra identidad ya no es la de enemigos de Dios. Nuestra identidad es que somos un pueblo que pertenece a Dios. 1 Pedro 2 nos muestra esto usando los cuatro términos “linaje escogido”, “real sacerdocio”, “nación santa” y “pueblo adquirido por Dios” (2:9). Dios ha escogido una comunidad de personas para ser su pueblo y servirle como sacrificios vivos (Romanos 12:1). Nuestra identidad como pueblo de Dios significa que reflejamos a Dios siendo apartados y viviendo vidas santas para su gloria.

Al vivir de esta manera, nuestra identidad informa nuestra misión. Como pueblo de Dios, vivimos para proclamar quién es Dios y lo que Él ha hecho, especialmente en el evangelio. 1 Pedro nos dirige a esta misión al llamarnos a “proclamar las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (2:9). Las virtudes de Dios se ven más claramente en su obra salvadora al sacar a los pecadores de las tinieblas hacia su luz redentora. Esta salvación no solo transforma nuestra relación con Dios, sino que también afecta nuestra relación con el mundo. Ya no somos amigos del mundo, aunque aún vivimos en él. Nuestra identidad como extranjeros y peregrinos nos recuerda que nuestro hogar definitivo está con el Señor.

Esta identidad nos lleva a una vida diferente. Por ejemplo, vivimos en una cultura excesivamente sexualizada donde los “sentimientos” dominan las acciones. Sin embargo, el apóstol Pedro exhorta a sus lectores “a abstenerse de los deseos carnales que combaten contra el alma” (2:11). La vida de un cristiano debe verse distinta a la de quien desobedece la Palabra de Dios y hace lo que siente. Debemos darnos cuenta de que la vida cristiana es una guerra espiritual. No cedemos, sino que nosotros, que hemos recibido las Buenas Nuevas, debemos hacer buenas obras para que incluso los incrédulos las noten. Una conducta honorable en medio de la burla y el sufrimiento ilumina la gloria de Dios. Habla como testimonio. Por eso Pedro dedica tiempo en el resto de su carta a explicar más sobre esto. Nuestra relación con el mundo es diferente porque nuestra identidad y misión son diferentes. Nuestra identidad y misión en el mundo son diferentes porque nuestra relación con Dios es diferente. En pocas palabras, el evangelio de Dios informa y transforma nuestra identidad y misión con Dios y hacia el mundo.

Preguntas de Reflexión:
1. ¿Dónde sueles colocar tu identidad en lugar de en Cristo?
2. ¿Con quién estás viviendo en misión, tanto para tu crecimiento espiritual como para el testimonio del evangelio?

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